Fe.
Esa pequeña palabra que lo encierra todo.
Creer.
Una necesidad irremediable y absoluta.
Y sin embargo…siempre está presente la duda.
Ya no hay certezas, ya no hay garantías.
Todo es efímero, nada perdura.
¿Merece la pena arriesgarse?
Cerramos los ojos y desplegamos las alas.
Un ultimo temblor y despegamos.
Pero fracasamos.
Nos damos de bruces contra un cristal.
Una y otra vez hasta que se quiebran nuestras alas.
Entonces dejamos de tener fe y dejamos de creer.
Nos aferramos a las cosas materiales.
Las que se ven, las que se pueden tocar.
Las que no nos traicionan.
Las que no hieren.
Nos entregamos a las sensaciones pasajeras.
Las que nos transmiten poder, éxito y adrenalina.
Las que no nos decepcionan.
Las que nunca fallan.
Nos centramos en alimentar nuestro ego.
Y pensamos que así somos más felices.
“El mundo funciona así” pensamos, y llevamos razón.
Pero las personas no funcionamos así.
Tarde o temprano nos damos cuenta.
Fe.
Cerrar los ojos y ver lo invisible.
Creer.
Abrir el corazón y dejar entrar un soplo de magia.
Reparar nuestras alas y echarnos de nuevo a volar.
Arriesgarnos a pesar de todo.
No una vez…sino dos, diez, mil…
Las que haga falta.
Comprender finalmente que los vuelos no eran inútiles.
Descubrir porque nos dábamos contra el cristal.
Era porque habíamos olvidado abrir la ventana.
El típico error de principiante…

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