lunes, 26 de diciembre de 2011

Un cuento de Navidad




Atardece. El sol se sumerge lentamente en el mar en un ritual sagrado, que se repite día tras día desde que el tiempo tiene memoria. Las gaviotas emprenden el viaje de regreso hacia sus refugios-sabe Dios en que parte- dibujando grandes círculos en un cielo teñido de purpura. La suave brisa marina da paso a un viento inclemente que se cuela por mi abrigo como un mendigo intruso, ávido del calor humano que desprende mi piel translucida. Las nubes se despliegan en todas las direcciones, igual que sabanas blancas sobre un lecho celeste, provocando así un cambio de luz constante.
El perro está empeñado en convencerme que las olas que lamen la orilla, son en realidad ardillas traviesas a las que hay que perseguir hasta darles muerte. Le sigo de mala gana venciendo el impulso de salir corriendo en dirección contraria, lejos del mar.

Mi mirada se pierde en el horizonte, una fina línea de color azul-rosáceo que coquetea con el sol moribundo hasta fundirse con él en un abrazo…es una imagen sobrecogedora grabada a fuego en mi retina que sin embargo apenas me conmueve.
El ser humano rara vez encuentra belleza en lo cotidiano, pero en mi caso el origen de mi ceguera es de naturaleza distinta, lo cual espero me excuse. En otros tiempos lejanos cuando compartía estos momentos con mi esposa, me sentaba con ella en el porche de nuestra casa hasta que el sol hubiese desaparecido por completo. Era nuestra manera de celebrar el final de un día que la vida nos había regalado, con el único propósito de vernos juntos y felices. Está época del año siempre evoca la misma imagen nítida de ella como si estuviese viéndola a través de la lente de un objetivo…y por colmo la nostalgia tiene hoy como banda sonora la lejana melodía de un cuervo… ¡maldita Navidad!
Me sacudo el recuerdo de encima igual que el perro se sacude las gotas de salitre del pelaje.

Mientras observo como mis botas se hunden en la arena mojada, el cigarrillo entre mis dedos me obsequia con una última calada para luego convertirse en una lastimosa colilla destinada al destierro sin piedad. Todo tiene su razón de ser y su fecha de caducidad…es el pensamiento inquietante que atraviesa mi mente en ese mismo instante. El instante en el que he tomado mi decisión: No habrá más amaneceres ni atardeceres junto al mar. De repente me invade una sensación de calma absoluta. Lo más difícil está superado, lo más difícil siempre es decidir, es el primer paso que precede cualquier acción.
No es una decisión tomada a la ligera, es el resultado de muchas horas de meditación en solitario. Muchos amaneceres y atardeceres como este me han acompañado en mis reflexiones. El perro siempre ha sido la razón inexcusable por la que salir, y salir siempre ha significado enfrentarme al mar que me ha robado lo que yo más quería.

Desde entonces he arrojado a sus aguas todo mi dolor con furia, odio él océano desde lo más profundo de mi alma…maldigo sus peces de colores, sus conchas y estrellas de mar y sus mareas como se maldice al mismísimo demonio. Jamás volví a poner un pie en sus aguas turbias contaminadas de cadáveres. Reconozco que me he convertido en un viejo solitario y amargado. No siempre fui así…pero lo soy ahora y el pasado es un país muy lejano al que no puedo viajar porque mi salud ya no me lo permite. Es la única lección útil que aprendí de mi psicoterapeuta cuyo nombre olvidé, aunque en contra de lo que él hubiese deseado la aplico a mi manera y antojo.

El perro por fin responde a mi silbido y vuelve a mí para seguir mis pasos, fiel como siempre. Quién sabe si habrá adivinado mi oscuro pensamiento, pues de pronto siento como un temblor atraviesa su delgado cuerpo peludo. Le sonrío para tranquilizarle como se hace con un cómplice, alguien con quien compartes confidencias y que esperas sepa mantenerlas en secreto. Pero claro, un perro es y será siempre solo un perro, no se va a ir de la lengua... No entiende de nada, solo te sigue porque sabe que en tu casa le espera una camita caliente y un cuenco de comida; tal vez incluso un pedacito de jamón u otra delicia. Y sin embargo…te hace compañía en las frías noches de invierno y su mirada parece dar fe de que lo comprende todo. ¿Ilusión? Tal vez si o tal vez no. En fin de cuentas que demonios sabemos sobre la mente de un perro, no entendemos ni la nuestra…

Hoy tengo la risa fácil y me sorprendo al escucharla, hace tanto tiempo de eso que ya no recordaba cómo suena… Allí está otra vez, esa sensación de ligereza…la había perdido…pero de pronto ha vuelto. ¿Porque ahora? Esta alegría repentina me irrita y confunde…debe ser el espíritu navideño que por estas fechas ronda por allí y hace de las suyas. Siempre he sabido que las cosas llegan cuando ya no las esperas. ¿Pero qué sucede si llegan cuando ya es demasiado tarde, cuando has dejado de desearlas? Durante años he albergado la esperanza de poder sobrellevar la perdida y estar en paz con la vida; recordarla con cariño pero dejando atrás la añoranza de tiempos pasados que ya no volverán. Pero año tras año el dolor se ha vuelto más intenso como una herida lacerante. No quiero pensar en ello…he tomado una firme resolución, de hecho estoy más decidido que nunca. Me siento como si se hubiera activado un mecanismo oculto en mi interior, una fuerza motriz que hace que mi reloj ande más deprisa y a consecuencia mis pasos se aceleran.

Aún me queda una última cosa que hacer. Con los dedos entumecidos de frío abro la puerta de casa y nada más cruzar el umbral me invade el olor familiar de mi hogar. Si tuviera que describirlo sería una mezcla de almizcle, leña y manzanas dulces asadas…aunque no haya ninguno de esos elementos en la casa, está siempre conserva el mismo olor como si fuera su huella digital.
El sofá que parece ahora más acogedor que nunca me tienta a sentarme, pero permanezco de pie; con la firme determinación de llevar a cabo mi propósito. Solo me permito quitarme las botas húmedas y enfundar los pies en las zapatillas calentitas que esperaban pacientemente mi llegada al lado de la chimenea. Allí están el papel y el plumero, en el fondo del cajón de la mesilla…dentro de una hermosa caja de madera junto a alguna vieja fotografía, la alianza de novios y unas cuantas cartas; recuerdos de nuestro tiempo de cortejo… ¡parece que tan solo fue ayer! La cajita esta tallada a mano y representa la delicada obra de un artesano…un recuerdo de cuando… ¡no, no quiero pensar en ello ahora! Mis manos tiemblan al abrirla y me siento como si abriese la Caja de Pandora porque ha estado cerrada tanto tiempo y temo que tal vez su contenido se haya evaporado…pero no, todo sigue intacto, como una fiel muestra de que el tiempo no es capaz de destruir el recuerdo inalterable de aquello que nos es más querido.

Por fin me siento a la mesa y comienzo a plasmar las primeras palabras sobre la hoja en blanco…pero resulta más complicado de lo que yo pensaba. ¿Cómo escribir una carta que intuyes tal vez pase por muchas manos y leerán más personas que tu hubieras querido, desconocidos que analizaran cada palabra tuya como si tuviera algún mensaje oculto que descifrar…buscando algún indicio sobre tu cordura o tu falta de la misma… para desentrañar el misterio de tu partida? Me resulta violento pensar en ello, me siento ultrajado en mi intimidad y despojado de mis derechos humanos con tan solo imaginarlo. He llenado más de diez hojas de papel y la papelera se está llenando de esbozos malogrados, tengo que acordarme de arrojar el papel al fuego antes de…antes de apagar la luz.

Se ha hecho de noche y he encendido todas las velas, incluso las que normalmente reservo para la víspera de Navidad porque huelen a canela y bizcocho casero….huelen casi tan bien como el bizcocho que ella hacía por esas fechas y que tanto me gustaba. Ella solía decirme que la Navidad era magia porque le había traído el mejor regalo, pues nos conocimos justamente en Navidad y todos los años celebrábamos la ocasión de una manera especial. Oh si, teníamos nuestros propios rituales al igual que el sol… y esta noche el ritual se culminará en nuestro reencuentro. Se me empañan los ojos de emoción…pero he de mantener una mente clara, es tan importante lo que voy a hacer que no puedo cometer el más mínimo error. No quiero que haya malinterpretaciones ni sentimientos confusos. Siquiera quiero que alguien lamente mi perdida aun a sabiendas de que ello será inevitable. Siempre habrá quien se sienta responsable, aunque en vida no se haya ocupado de ti; o tal vez justamente por eso. Los lazos familiares son más fuertes cuando hace aparición la muerte, es tan triste como cierto. Pero yo no guardo rencor a nadie; tan solo estoy cansado de esperar y creo que ha llegado el momento de echarle un cable al destino. ¿Por qué tengo que justificar mi partida? ¿Acaso no es una razón válida el deseo de volver a reunirse con la persona amada? Sé que mi vida me pertenece y que puedo hacer con ella lo que se me antoje.

“¿No es así?” Le pregunto al perro que nunca ha tenido nombre, por aquello de no cogerle cariño; aunque soy consciente de que ha sido una misión fallida. Y el animal-que de tonto no tiene ni un pelo- ladea la cabeza y me mira con ojos grandes que parecen preguntar qué gran tontería estoy a punto de cometer. “¡Tú nunca me has cuestionado!” Le recuerdo. “¿Vas a empezar ahora?” Como por respuesta ladra y apoya su cabeza a modo de plegaría en mis pies. “¡No vas hacerme cambiar de opinión!” Le digo y me levanto. Abro la puerta y una ráfaga de viento helado se cuela de pronto en la casa.” ¡Vete!” Le digo al perro con voz firme y decisa. Pero él no me entiende y menea tímidamente la cola, un poco inseguro de que interpretación darle a mi tono de voz. “¡No puedo ocuparme más de ti!” Le digo y para no dejar lugar a dudas le agarro por las patas y arrastro hasta la puerta, pero él se niega rotundamente en abandonar su dulce hogar y estampa sus patas traseras en el suelo lloriqueando a la vez como un cachorro. Ante semejante demostración teatral de su voluntad no me queda otra que rendirme, y como muestra de agradecimiento ante mi capitulación el perro lame la palma de mis manos con esmero y dedicación como si estuvieran untadas de sobreasada.

Ahora también la última carta acaba alimentando la llama de mi chimenea, me consuela pensar que al menos sirven para hacerme entrar en calor. Con una taza de té humeante y una manta calentita me siento en el sofá y el perro enseguida acepta la muda invitación de tumbarse a mis pies como tiene por costumbre. “Eres un viejo gruñón al igual que yo” le susurro “De hecho voy a hacerte un último favor y ponerte nombre, de ahora en adelante te llamarás Gruñón y harás justicia a tu nombre” La carcajada que se me escapa asusta a Gruñón y este se levanta de sobresalto alarmado por el inusual alboroto. “¡Tranquilo Gruñón…podrás quedarte a olisquear mis pies cuanto quieras, aprovecha mientras puedas!” le digo mientras le guiño un ojo. Por un momento esperaba que me devolviese el guiño, pero claro…un perro es y será siempre solo un perro ¿o no?

Ha sido un día duro…mañana será otro día, tendré la cabeza más despejada y la inspiración vendrá por sí sola. Me lo digo convencido mientras la lluvia golpea suavemente las ventanas, las velas se van consumiendo sin prisas y el sueño me invade lentamente para acunarme con dulzura como lo haría ella. La hermosa cajita de madera tallada ocupa de nuevo su lugar en el fondo del cajón, al igual que un tesoro que yace en el fondo del mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario