Erase una vez una princesa que en una fría noche de invierno decidió aventurarse más allá de su castillo. Desoyendo todas las advertencias del rey, la reina y su sequito se escabullo a hurtadillas cuando se supo inobservada.
Pero la princesa se equivocó de cuento y se perdió en un bosque encantado, bajo un cielo sin luna ni estrellas. La princesa daba vueltas y vueltas sin encontrar el camino de regreso. Estaba exhausta y tenía mucho frío. Añoraba el calor de su hogar pero ya habían pasado de la medianoche y pensó que era demasiado tarde para regresar. Sus ropas estaban echos jirones e incluso había perdido uno de sus zapatos de cristal en alguna parte del bosque. Solo le quedaba encontrar un refugio donde calentarse y aguardar la mañana.
Al otro lado del bosque había una pequeña hoguera encendida en medio de la oscuridad. Cansada del habitual baile de brujas esta añoraba la llegada de una princesa de hadas como alguien que aguarda la llegada de un milagro. Soñaba con robarle un beso prohibido a cambio de un poco de cobijo y calor. La hoguera espero y espero largo rato y a medida que la noche avanzaba su esperanza se iba reduciendo al igual que sus llamas. Cuando los lobos ya habían ahuyentado a todos los fantasmas y el viento había agotado su repertorio de siniestras canciones de cuna por fin llego ella.
La princesa se sentó al lado de la hoguera y esta se avivo de nuevo, alimentada por el deseo de complacerla. No hicieron falta palabras para contarse que se habían buscado, añorado y deseado hasta finalmente encontrarse. Era una noche mágica y la princesa olvidó por completo que debía regresar a su castillo. Por otro lado la hoguera gozaba tanto de su compañía que no quería recordarse lo.
Ella llevaba un abrigo hecho de sueños, coleccionados de uno en uno aquí y allá. Sueños rotos y desgastados la mayoría por falta de oportunidad y alguno que otro por quebrarse la ilusión con el paso del tiempo. Pero ella adoraba ese abrigo y siempre lo reparaba con gran esmero y cariño. Todavía encontraba sueños nuevos para rellenar huecos y juntar costuras. Era un abrigo que olía a recuerdos.
La hoguera quería tenerla más cerca y abrazarla, incluso quería atreverse a robarle ese beso que se le antojaba maravilloso. La muchacha se quedó prendada del hechizo de sus llamas y se dejó envolver por ellas. Ambos olvidaron quienes eran y en que cuento debían estar. En un desafortunado descuido la hoguera quemó el abrigo de la princesa convirtiendo así de golpe todos sus sueños en cenizas. La princesa lloraba desconsoladamente y sus lágrimas eran tantas que extinguieron la hoguera.
Fue así como se terminó un cuento que nunca debió empezar. La hoguera había perdido su princesa por acercarse demasiado a ella hasta quemarla. La princesa había perdido su hoguera por aferrarse demasiado a sus sueños que en realidad ya estaban desgastados y rotos.
La moraleja de este cuento es: Que las princesas no deberían andar solas por un bosque encantado ni acercarse a una hoguera; especialmente si llevan un abrigo hecho de sueños altamente inflamables. Por otro lado las hogueras no deberían acercarse demasiado a las princesas de cuento de hadas, sino recordarles que deben volver a su castillo.
En un cuento de hadas aquí habría un final feliz. Pero este no es un cuento de hadas ni yo soy en realidad una princesa. Solo he sido aquella muchacha ingenua en búsqueda de un poco de calor. Y tú solo fuiste aquella hoguera que estaba en mi camino en el lugar oportuno y momento preciso. Me equivoque de cuento y tú te equivocaste de princesa. Ambos lo sabemos, pero tú sigues esperando el regreso de tu princesa de cuento de hadas y yo tengo el más hermoso de los sueños rotos jamás encontrado para empezar a tejer un nuevo abrigo


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